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domingo, 8 de marzo de 2020

El regreso del hijo pródigo

Ahí estaba él. De pie bajo la gélida lluvia. Soportando estoicamente los embistes de aquel vendaval al que los meteorólogos habían bautizado como Dante. Un nombre muy adecuado si se tenía en cuenta que estaba a punto de descender al mismísimo infierno. Suspiró y su cálido aliento dejó tras de sí su huella, un mudo lamento de vapor. Obligó a sus piernas a ponerse en marcha y cruzó la calle desierta de aquella zona residencial para llegar a la puerta de un pequeño chalet adosado. Había luz en las ventanas de la planta baja, y casi pudo escuchar las risas y las voces de su familia. Los imaginaba felices en torno a la alargada mesa del salón, cenando alguna de las delicias que su madre habría cocinado y contándose los unos a los otros los hitos más importantes de su día. Su padre estaría fumando en la cabecera de la mesa observándolos a todos con aquella mirada profunda y afilada que tanto le había recordado a la de un depredador, y sus hermanos competirían para demostrar que su día había sido mejor que el del otro mientras su madre se limitaba a sonreír en silencio desde su modesto lugar en aquella mesa. La televisión estaría encendida, por supuesto, y el perro dormitaría en algún rincón esperando que llegase la hora de su salida nocturna. Siempre había sido así durante los buenos años, y su mente era reacia a imaginar algo diferente a pesar de que el tiempo no había pasado en balde para ninguno de ellos.
Su mano se detuvo en el aire antes de pulsar el timbre. ¿Acaso merecía la pena volver? ¿No sería mejor quedarse con el recuerdo de su familia que su mente tanto se había esforzado en crear? ¿Qué iba a descubrir si pulsaba aquel diminuto botón? Un escalofrío le recorrió la espalda y, aún sabiendo que no serviría de nada, se arrebujó en su empapado abrigo de lana. Debía hacerlo. Su psicóloga le había instado a ello en sus últimas sesiones y, tras demorarlo durante un mes, por fin había reunido el valor suficiente para volver a aquel lugar en el que la realidad había sido tantas veces sustituida por la obra de una mente en plena huida. Debía hacerlo y lo haría. Sólo así conseguiría acabar con las pesadillas y podría, finalmente, alcanzar la paz que tanto tiempo había perseguido. Sólo un gesto más. Un pequeño e insignificante movimiento le separaba de la liberación. Extendió el dedo dispuesto a accionar el timbre de la puerta, pero el chillido de una mujer le detuvo. Su mente jadeó aterrada y él volvió a sentir esa necesidad de hacerse más pequeño para pasar desapercibido. Un nuevo grito, esta vez masculino, le hizo alejarse unos pasos de la puerta del pequeño chalet y el sonido de objetos rompiéndose fue el pistoletazo de salida para que sus piernas, aleccionadas durante años de terror, iniciasen una precipitada carrera hacia la oscuridad y la soledad de aquel barrio madrileño en el que algunos veían un refugio perfecto, pero que se había convertido en una auténtica cárcel para él y su familia.
Cuando se detuvo, estaba completamente exhausto y en su rostro se entremezclaban la lluvia y el sudor. Se dejó caer en la acera y, con las manos en el suelo mojado, vomitó lo poco que había conseguido comer antes de emprender aquella loca aventura. Estaba equivocado. Volver a aquella casa no iba a solucionar nada. Su mente estaba rota y los fragmentos esparcidos sin posibilidad de poder volver a ser unidos de nuevo. Jadeó mientras las lágrimas caían sobre los adoquines y ahogó un gemido de rabia y terror que llevaba demasiado tiempo atrapado. Lentamente se levantó y se irguió, sintiéndose un estúpido por haber reaccionado así ante algo que debería ser lo más normal del mundo para él. ¿Acaso no había crecido con aquellos gritos y golpes como única compañía? ¿Acaso no había aprendido que la música a todo volumen en sus cascos podía amortiguarlos y aligerar así la carga? Lo había olvidado todo. Tantos años alejado de ellos, y su mente se había permitido el lujo de enterrar los fragmentos más pequeños y recomponerse utilizando únicamente los más grandes; y ahora el dichoso Dante parecía haberse colado también en su interior y con su fuerza había desenterrado los fragmentos y se los había lanzado, como si de pequeñas flechas se tratase, contra el rostro haciéndole recordar los golpes, los gritos, las amenazas y las humillaciones que habían sido su día a día durante su niñez. Y él, un adulto sano y exitoso, se había acurrucado para llorar como el niño desvalido que era en realidad.
Un trueno le hizo estremecerse. La lluvia cesó y el viento se dulcificó, como si la naturaleza intentase darle un momento de tregua. El olor de la tierra mojada inundó sus pulmones y el silencio de la noche le acunó en sus brazos con la delicadeza de una madre. De nuevo las lágrimas rodaron por sus mejillas y se perdieron entre su descuidada barba. Sólo era un niño roto. Una víctima de aquel barrio residencial en el que nadie veía ni oía nada. Un testigo mudo de la destrucción que trae consigo el silencio. Miró a su alrededor y reconoció cada una de aquellas casas. Hombres y mujeres agradables vivían en ellas. Hombres y mujeres trabajadores que sólo querían un poco de paz y tranquilidad al llegar a casa, por lo que no dudaban en subir el volumen de la televisión o de la música o de sus voces para acallar los golpes y gritos que salían del número 62. Hombres y mujeres que, al ver sus ojos llorosos o los moratones de su cuerpo, simplemente apartaban la mirada antes de continuar sus caminos. Hombres y mujeres que ni siquiera se dignaron a salir de casa la noche en que una ambulancia se llevó el cuerpo de su madre, desfigurado por los golpes. Hombres y mujeres sin alma que habían sido cómplices de su sufrimiento. Había sido un iluso al pensar que volver a ver a su padre serviría para curar sus heridas. Sólo había una forma de sanar y lo sabía desde el principio. Sonrió mientras palpaba el frío acero que había mantenido oculto en uno de los bolsillos de su abrigo y, por primera vez en mucho tiempo, supo que tenía el control.

domingo, 29 de octubre de 2017

El despertar



Amelia. Ese era su nombre, aunque desde pequeña todos aquellos que la conocían la llamaban Lia. Su madre decía que todo había sido por culpa de su hermano mayor, Mike, que con sus tres años y su lengua de trapo “Lia” era lo único que conseguía pronunciar con claridad. Lia nunca se había quejado. Le gustaba ese nombre.
­—¿Señorita Deeps?
La voz llegó hasta ella distorsionada, como si la hablasen a través de una cortina de agua. Quiso abrir los ojos, pero los notaba demasiado pesados. Abrió la boca para hacer saber a aquella misteriosa persona de la voz distante que la había escuchado, pero sólo fue capaz de emitir un gruñido. Algo en su interior se agitó, pero todo parecía estar muy lejos, incluso aquel miedo que había empezado a acechar.
La voz no insistió y Lia pudo escuchar el sonido de unos tacones alejándose mientras otros sonidos empezaban a tomar fuerza. Escuchó voces en la distancia, un pitido rítmico no muy lejos de ella, el sonido de numerosas respiraciones… Lia se estremeció y, por fin, fue capaz de abrir los ojos. Un resplandor blanco la hirió y tuvo que cerrar de nuevo sus sensibles ojos mientras se preguntaba cómo había sido capaz de dormir con aquella maldita luz. Giró la cabeza y repitió el gesto. En esta ocasión sus ojos resistieron a la perfección la claridad y alzó un brazo para frotarse los ojos tal y como hacía todas las mañanas. Sintió un pinchazo en la muñeca y, al mirar, se dio cuenta de que tenía allí una via. De repente, su cerebro comenzó a recordarlo todo y sintió las lágrimas en los ojos. Intentó concentrarse en el sonido de la máquina que medía sus constantes y consiguió que su corazón, alterado por los recuerdos, se tranquilizase al mismo tiempo que una enfermera aparecía a los pies de la cama.
—¡Ah! Veo que ya está usted despierta.
Lia asintió suavemente, ya que no estaba segura de ser capaz de controlar el llanto si abría la boca. La enfermera consideró ese gesto suficiente y sonrió mientras observaba la máquina.
—No se preocupe. Es normal alterarse un poco al despertar de la anestesia—dijo—. ¿Qué tal se encuentra? ¿Algún dolor?—La joven negó con la cabeza—. Bien. Voy a dejar que termine de despertarse, ¿vale? En un rato podremos sacarla de la UCI y podrá recibir una visita.
El corazón de la muchacha volvió a acelerarse al escuchar la palabra UCI. No hacía mucho que había estado en aquella misma habitación, aunque entonces no era ella la que yacía en una cama como aquella, sino su padre. Las primeras lágrimas se escaparon de sus ojos al recordar aquel momento. Su padre, enfermo de cáncer, había tenido que ser operado de urgencia y, tras horas esperando, su madre y ella por fin habían podido pasar a verle en la UCI. Tras unas horas eternas, su padre fue trasladado a la UVI con un diagnóstico muy grave. Desde entonces, Lia pensaba que la UCI significaba que las cosas no iban bien. ¿Por qué estaba ella allí? ¿No se suponía que su intervención sería rutinaria? Había pensado que, tras intervenirla, la llevarían de nuevo al BOX en el que había pasado las cinco horas anteriores a la intervención y allí se despertaría de la anestesia viendo el rostro de su marido, no el rostro de una enfermera desconocida. Miró a su alrededor y vio otras camas ocupadas. Nadie parecía grave. «Seguramente haya dos UCI. Una para los enfermos más graves y otra para los leves». Algo más tranquila, comenzó a observar todo lo que había a su alrededor con cierta curiosidad.
—Amelia, el celador ya está avisado, así que en un ratito te llevaremos a la otra sala para que bebas un poco de agua y pueda entrar tu acompañante.
—Gracias.
La enfermera sonrió y se marchó de nuevo para atender a otros pacientes.  Lia se acomodó y comenzó a mirar por la ventana, pero las vistas, el patio interior del centro, no eran lo suficientemente atractivas y muy pronto dejaron de ser el foco de su atención. Entonces, intentó incorporarse y sintió algo caliente entre sus piernas. Con miedo, levantó la sábana a tiempo para ver sus muslos cubiertos de sangre. La joven sintió cómo su corazón se volvía a acelerar provocando que la máquina pitase y que la enfermera acudiese a su encuentro.
—¿Sucede algo?
—Estoy sangrando—respondió con los ojos velados por las lágrimas.
—Sí, es totalmente normal después de este tipo de intervenciones. No te preocupes.
Y se marchó. Se marchó dejando a Lia allí sola, con el cuerpo cubierto de sangre, un recordatorio de que lo sucedido no había sido un mal sueño. Y en esta ocasión no fue capaz de contener el llanto. Lloró en silencio por aquella vida perdida. Lloró por las ilusiones y los sueños rotos. Lloró por el dolor que sentía en su pecho. Lloró por sentirse absurdamente culpable. Lloró porque supo que nadie comprendería su dolor. 
Y así, mientras un celador silencioso la trasladaba a otra sala, Lia supo que algo se había roto en su interior y que, aunque consiguiese sanar, siempre quedaría una dolorosa cicatriz en su alma.


martes, 23 de agosto de 2016

Amor y lágrimas

Es una auténtica pena que el tema que ha inspirado mi relato de hoy sea tan dolorosamente actual. Según las estadísticas proporcionadas por el Ministerio de Interior, a día 31 de julio de 2016 el número de víctimas de violencia de género en España ascendía 392.196, un porcentaje pequeño si se mira en relación con la población total de nuestro país (he hecho los cálculos y ese número de víctimas corresponderían al 0.84% de la población española), pero importante y alarmante al mismo tiempo. Sin embargo, más alarmante es saber que las Comunidades que lideran el ranking son Andalucía (91.988 víctimas), Madrid (68.570 víctimas) y la Comunidad Valenciana (56.825 víctimas). No he querido seguir investigando cuántas de esas víctimas habrán logrado superar la situación de violencia en la que se han visto inmersas, pero si me baso en los testimonios que he leído para documentarme acerca de esta situación, puedo decir que son pocas las víctimas que logran superar este trauma y muchas las que sucumben a él, ya sea quedándose en casa con su verdugo, ya sea pagando con su vida la ansiada libertad.

Siento tener que decir que mientras leía algunos artículos dedicados al tema en cuestión me he sentido totalmente horrorizada al ver los comentarios de algunos lectores. Por ejemplo, en este artículo del periódico 20 Minutos en donde una mujer habla sobre su experiencia te encuentras con ciertos personajes que dicen cosas como estas:
Que si chica si, me importa una soberana mierda tu vida de fantasía. Una de las elecciones más importantes en la vida de un hombre es elegir bien a la mujer. alejaros de las fantasiosas que venmaltratos y micromachismos por todos lados, son el tipo de mujeres que precisamente buscan eso y tratarán de violentaros y os arruinéis la vida. El mundo está lleno de mujeres sencillas, humildes, bonitas y con las cosas claras con las que se puede disfrutar de la vida en sus mejores formas, no os compliquéis con las feminazis ni las rayadas esas. Que se mueran solas de asco o se busquen un novio moro o africano que es lo suyo y lo que acaban haciendo muchas.
Es totalmente cierto que muchas mujeres tienen tendencia a enamorarse y colgarse sexualmente de malotes. Por alguna extraña razón les erotiza más que un buen chico. Y este caso es claro, ¿por que otra razón prefiere irse esta chica de 35 años con un viejales con mala leche, pudiendo salir con hombres de su edad o más jóvenes? Yo le aconsejo que esto le sirva para aprender a valorar las virtudes de los tiernos y buenos chicos de 28.

Y esos son sólo dos de los comentarios que he podido leer en algunos medios digitales y que me han hecho plantearme el hecho de que algo se debe estar haciendo mal cuando el hecho de que una mujer se sienta intimidada por la forma de ser de un hombre y su miedo llegue a ser tal que no sea capaz ni de denunciarle provoca reacciones negativas hacia la víctima en lugar de hacia el verdugo. ¿Qué es lo que pasa por la cabeza de una persona para menospreciar el miedo de otra? ¿Por qué nos negamos a entender que tenemos un problema, aunque este problema no implique al 100% de la población (y menos mal, oye)? ¿Por qué nos mostramos tan insensible ante el sufrimiento ajeno? Sinceramente, mientras me documentaba para escribir esta historia, he sentido en muchas ocasiones rabia al darme cuenta de que las personas afectadas por esta lacra no encuentran una solución rápida e indolora, sino que la solución al problema suele ser larga y, en ocasiones, termina muy mal. Y lo digo ahora por si acaso, me da igual el género de la víctima o del verdugo, porque la violencia es condenable en cualquiera de sus expresiones y resulta vergonzoso intentar aprovecharse de nimiedades para intentar restar importancia a una situación como esta.
Soy consciente, sin embargo, de que la cara más conocida de este drama que asola la sociedad mundial es la violencia contra la mujer y es por eso que mi relato refleja esa realidad, a pesar de ser consciente de que la otra situación existe también.

Ahora bien,antes de empezar a leerlo quiero que pensemos un poco en esta situación e intentemos entender que la violencia de género nos afecta a todos. Sí, nos afecta a todos porque el día de mañana podemos ser nosotros, o nuestras hijas, o nuestros hijos, o nuestros nietos... Nos afecta porque si lo ignoramos nunca va a acabarse y este comportamiento es indigno para un mundo del siglo XXI y para un país que se jacta de pertenecer al "primer mundo". Por favor, pensad en el mañana y pensad que solo nosotros podemos hacer que esto pare mediante la educación. No hay ninguna excusa para ejercer la violencia, ya sea física, verbal o psicológica contra ningún ser humano, pero mucho menos si ese ser humano es la persona que hemos decidido que nos acompañe en nuestro día a día. 

Por último deciros que este relato en principio iba a ser algo  corto e impactante, pero según escribía me he dado cuenta de que todas las Silvias del mundo se merecen algo mejor que unas pocas líneas en un blog desconocido y poco a poco, casi sin darme cuenta, el relato ha empezado a crecer y volverse más complejo. Por eso voy a ir publicando la historia de Silvia y María por capítulos durante las próximas semanas.

Espero de corazón que os guste y desde aquí les mando todo mi apoyo a todas las víctimas de la violencia. ¡Sed fuertes y no dejéis que os hagan creer lo contrario!

                   
Cuando la puerta de la entrada chirrió, María se sobresaltó y sintió a su madre tensarse y abrazarla con más fuerza tras ella. Ambas cerraron los ojos mientras los pasos inciertos de quien se encuentra embargado por el alcohol se acercaban a la habitación cerrada que se había convertido en su refugio. Silvia sintió las lágrimas en los ojos, pero contuvo las ganas de gritar y miró a la pequeña que se acurrucaba temblorosa junto a ella. Debía ser fuerte. Escucharon los torpes intentos de su pesadilla intentando abrir sin éxito la puerta cerrada y Silvia agradeció haber instalado aquel cerrojo de seguridad. Pronto se oyeron las primeras maldiciones seguidas de los golpes contra la pared. María comenzó a sollozar en silencio y Silvia se maldijo a sí misma por no ser más valiente. Si fuese una mujer valiente, su hija no tendría que sollozar en una habitación mientras su padre gritaba en el exterior; si fuese una mujer valiente, se levantaría y se enfrentaría contra el hombre que había convertido sus vidas en una pesadilla. Sin embargo, el recuerdo de su último enfrentamiento la hacía ser prudente.
—¡SAL DE AHÍ PUTA! ¿ACASO NO VES QUE HE LLEGADO A CASA Y QUE QUIERO QUE MI MUJER SALGA A SALUDAR?
Silvia se encogió. Los fines de semana la situación se volvía insostenible. Marc siempre volvía borracho los viernes y el alcohol provocaba que sus ganas de pelea aumentasen, así que después de varias palizas había decidido montar aquel refugio en la habitación de su hija. Pronto la voz de Marc se volvió más suave y eso la puso los pelos de punta porque ella sabía que aquel era el punto más peligroso.
—Venga, amor, sal a verme. Llevo un día muy duro en el trabajo y me vendría bien que me calmases.
Silencio. Silvia se mantuvo callada y apretó a su hija contra su pecho mientras intentaba tapar sus oídos.
—Sabes que si no sales ahora la cosa irá a peor, Silvia. Créeme cuando te digo que me estoy cansando de tus juegos.
Las manos volvieron a forzar el picaporte de la puerta mientras el cuerpo tambaleante empujaba con fuerza al otro lado en un intento de acceder a la habitación. Silvia pudo escuchar el gruñido de su marido al darse cuenta de que la puerta no iba a ceder.
—Muy bien, cariño, tú lo has querido —dijo la voz al otro lado—. En algún momento tendréis que salir de ahí y lo sabes.
Escuchó los pasos alejarse a través del salón y sintió como algo en su interior se rompía. No pudo evitar llorar mientras pensaba en la pesadilla en la que se había convertido su vida. No podía seguir así. Su pequeña no se merecía vivir aquella mierda. Tenía que marcharse. Entonces, con la seguridad de quien ha sufrido lo indecible, Silvia supo que aquella sería su última noche en aquella casa de los horrores.


                  
El amanecer las descubrió todavía acurrucadas. Silvia no había pegado ojo en toda la noche, temerosa de que aquel animal rabioso que vivía con ellas aprovechase la noche para volver a por ellas. Miró por la ventana de la pequeña habitación y la ciudad bañada por los rayos del sol otoñal la hizo sentir en paz, como si el mundo entero apoyase lo que iba a hacer. Respiró hondo mientras observaba el rostro pálido de su hija y su decisión se afianzó. La sacaría de allí.
Mientras su hija dormía tranquila, ella preparó una pequeña mochila con algo de ropa por si acaso lo necesitaba. Cuando estuvo lista abrió con cuidado la puerta que las había mantenido a salvo durante los últimos meses y se asomó con cautela para verificar que Marc no se había quedado en el sofá a dormir. Sin embargo, sus ronquidos sonaban lejanos. Seguramente había cerrado la puerta de su habitación antes de acostarse. Salió del cuarto procurando no hacer ruido con sus pies desnudos y fue a la cocina. Hacía un año que había empezado a guardar dinero en un tarro de la cocina para posibles imprevistos y ahora iba a hacer buen uso de las limosnas que su marido había dejado en sus manos. Abrió el armario donde guardaba las ollas, y se paralizó al oír el chirrido de las bisagras. Permaneció quieta y aterrorizada mientras escuchaba, pero los ronquidos de Marc se mantenían. La resaca jugaba a su favor.
Con el frasco lleno de dinero en su mano y la sensación de tener la libertad en la punta de los dedos, Silvia volvió junto a su hija. Metió el tarro en la mochila y se la colgó a la espalda antes de coger en brazos a la pequeña. María abrió los ojos y miró a su madre sin entender, pero el gesto de su madre fue suficiente para que la pequeña se mantuviese en silencio mientras atravesaban juntas el salón y abrían con cuidado la puerta principal del que había sido su hogar.
El aire de la ciudad era frío, pero Silvia lo agradeció mientras caminaba deprisa por las aceras vacías de su barrio. Sabía perfectamente dónde debían ir y también sabía que debían hacerlo rápido, antes de que Marc se levantase y decidiera ir a por ellas.
El edificio gris de la policía apareció pronto ante sus ojos y Silvia no pudo evitar sonreír consciente de que estaba a un paso de poner fin a aquella situación que ella había consentido durante dos años por miedo. Ahora la rabia era más fuerte que ese miedo y ella lo sabía.
                  
Dos agentes con aspecto aburrido custodiaban el acceso al edificio, pero Silvia no se amedrentó y siguió andando hasta estar a su lado. Los dos agentes la miraron sorprendidos y por primera vez fue consciente de que su aspecto no debía de ser el mejor. Llevaba varios días sin dormir y los golpes de la última paliza debían de estar aún presentes en su rostro, además, no había tenido tiempo de cambiarse el pijama ni de peinarse un poco. Sonrió con tristeza.
—Quiero denunciar a mi marido.
Notó la voz más áspera de lo que acostumbraba, pero se alegró de haber sido capaz de hablar. Uno de los agentes, el más joven, se le acercó con una sonrisa tranquilizadora mientras el otro abría las puertas.
—Pasad. Ahora estáis a salvo.
Por primera vez en mucho tiempo, Silvia sintió brotar de sus ojos lágrimas de alegría, no las lágrimas amargas del miedo o el dolor, sino aquellas que aligeraban su alma con la promesa de una posible felicidad.
—Si quieres nos podemos llevar a la pequeña para que coma algo.

Asintió agradecida, incapaz de hablar debido al nudo que tenía en la garganta. Una mujer acudió desde el interior y las sonrió mientras cogía a María de entre sus brazos. En ese momento, Silvia sintió todo el cansancio acumulado y entró al edificio como un maratoniano llega a la línea de meta: agotada, pero feliz.


lunes, 21 de enero de 2013

Inspiración de una dragona

Sólo puedo decir que no sé exactamente cómo saldrá esto, simplemente me he dejado llevar y aquí tenéis el resultado.
Espíritu afín, dragona, este relato es para ti. Gracias por inspirarme.

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©Tamara Díaz Calvete

No recordaba cuánto tiempo había pasado sumida en aquel letargo. Notaba la boca seca y los músculos entumecidos por la falta de movilidad, incluso sus ojos se abrían con dificultad a la reencontrada luz. Tampoco sabía qué había pasado exactamente. Respiró profundamente, como si el frescor del aire fuese a calmar el dolor de su cuerpo y de su alma. Olía a mar y a bosque, a tierra húmeda y flores. Se dejó llevar por esos aromas que eran como viejos amigos que regresaran después de un largo viaje. Aspiró, se deleitó y suspiró antes de decidir que era el momento de abrir los ojos.
La luz la cegó por unos instantes y ella volvió el rostro sintiendo en la nariz el cosquilleo de las briznas de hierba sobre las que descansaba. Volvió a intentarlo y esta vez el brillo del sol llegó hasta sus ojos como un bálsamo. Poco a poco su visión se fue acostumbrando de nuevo a la claridad del día y pudo ver el verdor de la hierba y el azul recortado del cielo.
A lo lejos escuchó el trinar de los pájaros y el tenue murmullo de las hojas mecidas por la brisa, sonidos que parecían darle la bienvenida. No tardó en sonreír e incorporarse sobre la improvisada cama que la Naturaleza había construido para ella. Observó el blanco puro de su piel, sintió la suavidad del vestido verde y la caricia gratificante del sol en su rostro. Sintió a la brisa jugando con sus cabellos negros como la noche y la hierba acariciando anhelante la piel de sus piernas y pies. Sonrió y se sorprendió al escuchar su voz, tan cristalina y pura que podría haber competido con el murmullo del arroyo. Y volvió a reír divertida por los matices de esa cantarina voz que se extendía como la brisa. Escuchó a los pájaros y quiso hablar con ellos, tal y como había hecho antaño, y en lugar de dulces trinos, de su garganta surgió una maravillosa canción que hizo que se llevase las manos a la boca con sorpresa y volviese a reír entusiasmada por sus descubrimientos.
Quiso entonces levantarse y andar. Sus piernas apenas lograban sostenerla y cayó tres veces al suelo mullido antes de lograr dar un paso vacilante hacia los árboles cercanos. La brisa silbó con suavidad como recompensa a su logro y ella, sintiéndose segura y protegida, dio un paso tras otro sin dejar de observar el movimiento de sus pies y sin poder evitar sentir el roce de la hierba en su delicada piel.
Llegó entonces a una charca tranquila, de aguas profundas y verdosas en las que podían adivinarse las siluetas de las rocas que se escondían debajo. Ella se acercó y miró su reflejo, distorsionado por las ondas provocadas por la propia brisa. Dos grandes ojos tan verdes como el follaje de su querido bosque resaltaban en la tez blanca, el pelo negro brillaba con reflejos azules y caía como una cascada sobre sus hombros. La muchacha se llevó un dedo tembloroso a la cara, recorriendo con el la línea de las mejillas, los sonrosados labios y la esbelta curva del cuello. Sonrió con timidez a aquella imagen que reflejaba el agua y extendió una mano temerosa, intentando tocar también el reflejo y provocando que las ondas hiciesen desaparecer su rostro. La joven rió al ver su reflejo distorsionado por las ondas y rozó la superficie del agua con sus dedos, trazando círculos en torno al lugar en el que había estado su cara.
―¿Te gusta tu nuevo aspecto?―murmuró una voz grave, tan grave como el retumbar de la tormenta.
La muchacha alzó la vista sorprendida al no estar sola y buscó con curiosidad el lugar del que procedía la voz.
―¿Aún no has aprendido a usar tu voz?―insistió la voz invisible―. No te preocupes, te llevará un tiempo habituarte a este nuevo cuerpo.
La joven se levantó, insegura, y arrastró los pies lejos de la charca. Su rostro, sonriente, parecía competir con el mismísimo sol mientras caminaba en pos de la voz. Atravesó el bosque de espeso follaje, rió al sentir el leve aleteo de una mariposa en su piel y se estremeció al recibir el roce de la serpiente; y así llegó al final del bosque. Un abrupto y escarpado acantilado se abría a sus pies. Las rocas sudaban agua salada y el viento, enfurecido, aullaba y golpeaba las paredes de roca intentando abrirse paso. La joven abrió los ojos con sorpresa y no pudo evitar que un nudo se asentase en su estómago mientras admiraba la hermosa desolación del lugar. El mar se extendía ante sus ojos tranquilo, pero si bajaba la vista podía observar cómo batía con ira extrema las paredes del acantilado haciendo que la espuma saltase y salpicase las piedras cercanas, como si fuesen lágrimas.
―Tú pediste esto―suspiró la voz.
Una ráfaga de aire hizo que su cara fuese cubierta por su pelo y la joven luchó por escapar de la oscuridad impuesta mientras oía el estruendoso batir de las alas. Con el último mechón volvió su visión y la joven contempló ensimismada el espléndido ejemplar de dragón blanco que descansaba a pocos pasos de ella. Los ojos amarillos del animal estaban clavados en ella, el hocico se curvaba en lo que parecía ser una sonrisa y de las fosas nasales ascendía un hilo de humo grisáceo. 
―Ahora eres libre. Ya puedes hablar y sentir, ya no serás esclava de nadie―recitó la voz con seriedad―. No harás nada más que lo que tú quieras hacer. Eres libre, criatura.
Ella sonrió y, como una exhalación, se alejó del dragón y del acantilado rugiente, del frescor del bosque y de la fragancia de las flores. Corrió lejos, y lo hizo riendo y saltando, borracha de felicidad y libertad.
Nadie supo jamás qué había sido de aquella criatura ni dónde fue ni qué hizo, pero aún los bosques recuerdan en ocasiones su risa etérea y los pájaros intentan imitar el cándido sonido de su voz. De vez en cuando se ve el reflejo de su piel entre el verde de los bosques o el cristalino resplandor del agua, incluso algunos juran haber visto dos ojos verdes observándoles en la floresta divertidos.





sábado, 3 de marzo de 2012

Un relato para pasar el fin de semana.

 Pues nada, espero de corazón que os guste y ya lo continuaré otro día :P
Un saludo y feliz fin de semana!


© Tamara Díaz
(Reservados todos los derechos)

El cielo grisáceo anunciaba que la tormenta no tardaría en llegar. En la lejanía, los relámpagos cruzaban el cielo dejando una estela blanquecina en la oscuridad de la noche. Ellos se mantuvieron quietos, inmóviles a pesar del viento que les azotaba y traía consigo las primeras gotas de lluvia. Dos sombras oscuras en mitad de la noche, agazapadas bajo uno de los grandes robles que bordeaban el camino hacia la aldea; sus capas ondeaban en el aire dándoles un aspecto fantasmal y permitiendo que dos dagas, colgadas en el cinto interior, centelleasen al reflejar la luminosidad de los relámpagos.
- No va a venir. - susurró una de las figuras.- Quizás no haya podido escaparse...
- No digas tonterías, Llierth, Kithia vendrá. - contestó la otra figura al tiempo que se asomaba con cautela al camino en busca de una señal. - Lo más posible es que se retrase...
- Ahora eres tú el que dices tonterías. - protestó Llierth. - Kithia nunca se retrasa.
El sonido de los cascos de unos caballos al golpear las losas de piedra del camino interrumpió su conversación y las dos figuras se refugiaron rápidamente tras el grueso tronco del roble, sin perder de vista el camino. Pronto vieron los jinetes. Eran diez, montados sobre espectaculares ejemplares negros que piafaban con nerviosismo, mientras los hombres les instaban a ir más rápido. El último de ellos llevaba el estandarte del Árbol Blanco, símbolo del pueblo de Jesiphar y de sus sacerdotes armados; el mejor destacamento bélico que quedaba en Isuarth, cuya fama se extendía por las aldeas y grandes ciudades. Tal era su fama que los grandes señores solían acudir a ellos cuando necesitaban guerreros expertos en sus guerras; guerreros para los que la muerte no supusiese un problema y para los que matar fuese simplemente un trámite más de la vida. Si querían guerreros faltos de escrúpulos y con una fe total en su trabajo, acudían a la orden del Árbol Blanco.
- Mierda. - susurró Llierth al tiempo que se escondía tras el tronco y se cubría con la capa para no ser detectado. - ¿Crees que Kithia habrá sido interceptada?
- No puede ser...- musitó la otra figura con la preocupación tiñendo su voz.
- La misión era demasiado peligrosa, Jeith. - insistió el otro. - Deberíamos abandonar esta zona antes de que nos atrapen y nos cuelguen como a vulgares rateros.
- No puedo abandonar a Kithia. - respondió Jeith y, tras asegurarse de que los caballeros habían pasado de largo, se dirigió hacia un punto cercano, donde los árboles crecían más cerca unos de otros. - Voy a coger mi montura y marcharé a Jesiphar para averiguar algo de Kithia, espérame en la taberna del viejo Kol; nos reuniremos en dos días. - Jeith tomó un ejemplar pintado que pastaba tranquilamente la hierba en torno a él y montó con agilidad. - Si no vuelvo, márchate de aquí y avisa a los demás de que la misión ha fracasado.
- Jeith es arriesgado...
- No pienso abandonar a Kithia, Llierth. - cortó él y, sin esperar respuesta de su compañero, azuzó al caballo y se lanzó en una carrera desenfrenada por el camino que conducía a la ciudad de los sacerdotes guerreros.


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 La noche no auguraba nada bueno. La joven Kithia admiraba desde la ventana de su desvencijado cuarto cómo unos densos nubarrones se extendían sobre la ciudad de Jesiphar. Era una muchacha hermosa, de suaves rasgos y grandes ojos verdosos; eso le había permitido acercarse sin sospechas a la cúpula del Árbol Blanco, los sacerdotes guerreros de Jesiphar, y ahora trabajaba para ellos, como sirvienta de cámara del gran Heither, jefe supremo de la orden.
 La muchacha suspiró y volvió a fijar sus ojos en la ciudad. Era un lugar hermoso, plagado de templos en honor al dios Jin y a la diosa Yarma; todas las construcciones se habían levantado usando piedras del Promontorio de Ethar, unas piedras muy valoradas que se caracterizaban por poseer un color blanco impoluto. La ciudad brillaba con la luz del sol, resultando cegadora para los ojos poco acostumbrados, y durante la noche, un halo blanquecino la envolvía y hacía que pareciese que los dioses mismos estaban protegiéndola.
Las campanas de los templos sonaron, indicando que era la hora de la cena. En Jesiphar todo estaba controlado, todo debía desarrollarse de acuerdo a las órdenes de los superiores de la ciudad. Así, cuando sonaban las campanas, los ciudadanos sabían que era hora de levantarse, desayunar, comer o cenar; cuando el cuerno de la ciudad sonaba, los ciudadanos sabían que era el momento de acostarse. Todo aquel que incumpliese las normas era encarcelado y sentenciado a muerte. En Jesiphar no había lugar para el desorden.
Kithia sonrió y, tras despojarse del amplio vestido de color verde con el que se vestía durante el día, se vistió con un pantalón de cuero negro y una blusa del mismo color, cubriéndose el rostro y la cabeza con una capa corta de lana teñida de negro. Para lo que debía hacer esa noche, era necesario que se confundiese con las sombras de la ciudad.
Las calles de la ciudad estaban desiertas. Todos los habitantes estaban ya encerrados en sus casas, tomando la cena y preparándose para el cuerno que indicaba el fin del día. Si la luna hubiese brillado en el cielo, Kathia habría tenido serios problemas para camuflarse en las sombras, pero aquella tormenta había sumido la ciudad en una completa oscuridad que le permitía andar sin problemas. El sonido de pisadas hizo que se detuviese y buscase cobijo en un callejón cercano, donde una rata detuvo su carrera para fijar en ella sus pequeños ojillos acuosos. Una pareja de soldados pasó por delante de él, iban en completo silencio, haciendo la ronda para verificar que todos los ciudadanos habían obedecido la orden de la campana. Kithia suspiró cuando pasaron de largo y, tras esperar unos minutos, volvió a recorrer la calle con el sigilo de una sombra.

El gran templo de Jin estaba en el centro de la ciudad, junto al cuartel general de la orden del Árbol Blanco y al edificio del Consistorio, donde se debatían las leyes y las normas de la ciudad. Llegar hasta allí no fue difícil. Pronto Kithia pudo ver el hermoso edificio blanco, iluminado por un centenar de antorchas y vigilado por una pareja de guardias pertenecientes a los iniciados de la orden. La muchacha se detuvo y escrutó la zona, buscando la mejor manera de llegar hasta el templo sin ser vista. Mientras observaba la zona descubrió que los toldos para el día de Jin ya estaban colgados. Grandes extensiones de tela rojiza y blanca cruzaban desde las calles hasta el centro de la plaza, pasando algunas por encima del edificio al que pretendía llegar. Los toldos estaban tensos y la tela parecía lo suficientemente fuerte como para soportar su peso. Kithia sonrió. No sería tan difícil llegar a su objetivo, después de todo.
Con la agilidad de un gato, Kithia trepó por una de las paredes cercanas hasta llegar al tejado de la casa, desde donde podía ver con claridad el camino que debía seguir para llegar al templo. Llegar a la primera tela iba a ser difícil, puesto que estaba alejada del tejado en el que se encontraba y subir a otra de las casas no era una opción, ya que los guardias la descubrirían con toda seguridad. Kithia frunció el ceño mientras sopesaba las opciones que tenía. Podía llegar hasta los guardias y eliminarlos, pero eso, sin lugar a dudas, llamaría la atención de los vigilantes itinerantes y no tardarían en dar el aviso, lo que suponía que, sin lugar a dudas, la atraparían y sería condenada a muerte. Su otra opción era utilizar una de las gruesas cuerdas que servían de anclaje a los toldos, podía deslizarse por ella hasta llegar al primer toldo y, desde allí, moverse en dirección al templo. Esa era la mejor opción, pero tenía un problema: los guardias miraban en su dirección, y seguramente una sombra colgada del toldo llamaría demasiado su atención. La muchacha suspiró frustrada, aunque pronto se dibujo una sonrisa en su cara. Con un ligero silbido de ella apareció, de entre las sombras, una hermosa criatura, mezcla de gato y ratón, usada desde tiempos antiguos por los cazadores debido a su capacidad para encontrar presas en los lugares más recónditos. El animal se acercó a la muchacha y se restregó contra su cuerpo, mientras ella acariciaba el pelaje oscuro y buscaba entre sus bolsillos un pedazo de queso que le ofreció con cariño.
- Ispil, querida, necesito tu ayuda. - la muchacha hablaba al animal mientras este clavaba en su dueña unos ojos pequeños y negros. - ¿Ves a esos guardias? - el animal giró la cabeza y observó con atención el punto al que señalaba el dedo de su ama. - Necesito que dejen de mirar hacia aquí, Ispil, y tú eres la única que puede hacerlo.
El animal emitió un leve gruñido, como si fuese una afirmación y una promesa de que cumpliría con su parte, y desapareció en las sombras de la noche. Kithia vio cómo el animal atravesaba la plaza sin ser visto por los guardias y se detenía junto a una taberna que se encontraba en el lado opuesto a donde ella esperaba; con rapidez, el animal volcó uno de los barriles de la entrada y los guardias, sobresaltados por el repentino ruido, abandonaron su puesto para investigar el origen. La entrada estaba despejada. Kithia sonrió mientras se lanzaba sobre la cuerda y, con agilidad, alcanzaba uno de los toldos.
 ***********************************************************************************
La ciudad de los sacerdotes se alzaba ante él con majestuosidad. La luz de los relámpagos incidía sobre la piedra blanca y provocaba destellos deslumbradores que convertían la oscura ciudad de Jesiphar en un hermoso espectáculo. Jeith detuvo su caballo y escrutó las sombras. No parecía haber nadie. Era realmente extraño que la ciudad más importante de los doce reinos permaneciese sin vigilancia, sobretodo si se tenían en cuenta las rígidas normas que los Consejeros imponían sobre los ciudadanos. El joven dejó caer la capa sobre sus hombres para poder observar con mayor claridad. Era un muchacho atractivo, de rasgos marcados y severos, el pelo castaño y ojos del mismo color; su cara estaba marcada por una cicatriz que llegaba desde la frente hasta la comisura del labio, dándole un aspecto aterrador.
Nada. Jeith no comprendía lo que pasaba, pero esa quietud y la falta de vigilancia no parecían presagiar nada bueno. Azuzó de nuevo a su caballo y lo dirigió hacia la muralla sur de la ciudad, donde habían instalado postes especiales para los caballos. El joven desmontó del animal y lo ató a uno de los postes, no sin antes ofrecerle un dulce como recompensa. A continuación, Jeith siguió la muralla sur hasta la puerta de Noeathir. Las hojas de la puerta estaban abiertas. No había guardias y nadie respondió a su llamada. Jeith sintió cómo el vello de sus brazos se erizaba y el corazón comenzaba a latirle con fuerza mientras pensaba en Kathia y su ausencia. Ahora tenía claro que algo había sucedido en la ciudad. Debía encontrar a la muchacha como fuera.

Avanzó por las silenciosas calles de la ciudad, cubiertas todas por la oscuridad y azotadas por un viento frío proveniente del norte. Jeith se ciñó la capa, intentando evitar que aquel frío le penetrase en los huesos y le dejase más helado de lo que ya se sentía. La situación no era normal. Las casas permanecían cerradas a cal y canto, sin ningún tipo de luz, movimiento o ruido que diera a entender la presencia de personas en su interior; sin embargo, lo que más inquietaba a Jeith era la ausencia de la guardia itinerante, esa guardia encargada de pasear durante las noches por la gran ciudad buscando a aquellos que eludían las normas. Nada ni nadie detenía sus pasos, cada vez más vacilantes, hacia el mismo centro y corazón de la ciudad santa.
Cuando se encontraba ya a pocas calles del centro, donde se encontraban el templo y el Consistorio, algo captó su atención. No sabría decir qué exactamente, pero había notado un movimiento fugaz a su derecha y el ruido de los cubos de basura al moverse le aseguraron que no se había vuelto loco. Algo se movía en la oscuridad de aquel callejón. Jeith sacó una de sus dagas del cinto y aguzó el oído, dispuesto a matar a lo que fuera que vagase en la oscuridad; un suave sonido, semejante al ronroneo de un gato, acompañado por la sombra de un animal de forma alargada y esbelta, hizo que el muchacho suspirara y se llevase la mano a la frente, intentando secar el sudor que había acumulado a pesar del frío de la noche.
- Ispil. - llamó el joven con suavidad mientras se arrodillaba en la calle y esperaba la llegada del animal que apareció al oír su nombre, las orejas levantadas en señal de atención y sus ojillos fijos en la figura que tenía delante. - Ispil, ¿dónde está tu ama? - el animal movió la cabeza para volver a fijar sus ojos en Jeith antes de volverse hacia el templo y correr entre las sombras hacia la puerta. - El templo...

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Kathia observaba desde las alturas cómo los guardias, que habían regresado a su posición tras el ajetreo organizado por Ispil, charlaban despreocupadamente mientras ella cruzaba el toldo que se situaba sobre sus cabezas. Apenas respiraba por miedo a que el ruido delatase su posición, pero la joven sonreía al ver su objetivo tan cercano. La cúpula del templo de Jin estaba a pocos pasos de su situación y en breve podría posar sus pies sobre la piedra blanca y buscar el medio para entrar en él, tal y como debía hacer. Sin embargo, un ruido llamó su atención. Miró con inquietud a los guardias que estaban debajo, pero ambos habían desaparecido sin dejar rastro. Kathia entrecerró los ojos, intentando ver en la oscuridad si los guardias habían ido a comprobar algo, pero no conseguía ver nada en la plaza. De nuevo el sonido se dejó oír y Kathia se tumbó sobre el toldo, cuan larga era, para intentar camuflarse con la tela. Habría jurado que el ruido venía del templo, pero eso era del todo imposible. El templo permanecía cerrado durante la noche y los sacerdotes dormían a pierna suelta gracias a la tisana que les había servido con la cena. Respiró hondo y asomó la cabeza por el extremo más cercano de la tela, intentando vislumbrar el origen del ruido. Con un gesto rápido, la muchacha se llevó la mano a la boca para evitar chillar y abrió los ojos con sorpresa al ver cómo la puerta del templo se abría, dejando salir de él a una compañía de jinetes de la orden del Árbol Blanco; pero no eran jinetes normales, se dijo Kathia con la mano temblorosa aún apoyada en su boca, sus ojos brillaban con un color carmesí que podía intuirse a través de las rendijas de los cascos bruñidos. No había duda, alguien había conseguido abrir el cofre y ahora los caballeros malditos de la orden marcharían por la tierra, matando y destruyendo todo lo que estuviese a su alcance.
Kathia se horrorizó al pensar en ello. Jeith le esperaba en el camino y podría cruzarse con la comitiva sin tener ni idea de lo que eran. Podría morir. Pero ella no podía hacer nada, debía continuar con su misión. Debía intentar recuperar el cofre maldito o morir en el intento, tal y como había jurado el día que salió de Elinor. Así pues, cuando la comitiva hubo desaparecido por una de las callejas que llevaba a la puerta sur de la ciudad, Kathia continuó reptando por los toldos hasta llegar a la blanquecina cúpula del templo.

jueves, 23 de febrero de 2012

El chico del andén 8.

 © Tamara Díaz
(Reservados todos los derechos)


Estaba tan ensimismada con la lectura que olvidó que el tren había llegado a su parada. Al oír el pitido de las puertas, que avisaba a los rezagados de que el tren se disponía a partir de nuevo, ella se lanzó al exterior, recibiendo varios empujones y maldiciones al tiempo que sus zapatillas de deporte tocaban el suelo abruptamente. Se recolocó el abrigo y se aseguró de que no le faltaba nada de importancia. El abono transporte y el móvil seguían a salvo en el bolsillo interior, en su mano el ebook, silencioso culpable de su despiste, y en el hombro izquierdo el maltrecho bolso que había visto épocas mejores.
Con un suspiro mezcla de alivio y resignación, miró el reloj y maldijo en silencio su mala suerte: el siguiente tren saldría en menos de un minuto. Corrió como una exhalación hacia las escaleras mecánicas de la estación que, para no variar, habían decidido averiarse justo cuando más prisa tenía y menos necesitaba todas esas personas apretujándose y subiendo como si fuesen viejos artríticos. Un codazo en las costillas le recordó porqué odiaba Madrid, mejor dicho: porqué odiaba el transporte público de Madrid. Siguió corriendo, bufando de vez en cuando ante aquellos pasajeros que habían decidido subir lentamente las escaleras. Cinco andenes más allá, el letrero luminoso anunciaba que el tren iba a efectuar su parada en la estación. Mierda, mierda, mierda pensó ella rindiéndose ante la evidencia de que iba a llegar tarde al trabajo por tercer día consecutivo. Mientras andaba por la pasarela central que servía para comunicar unos andenes con otros, vio cómo el tren que debía coger emprendía la marcha, con una lentitud angustiosa, como si se estuviese riendo de ella.
Con pasos calmados, sabiendo que ahora debería esperar siete o nueve minutos para coger el siguiente tren, abrió el ebook y volvió a enfrascarse en su lectura, evitando a los demás viajeros con la seguridad de quien ha crecido haciéndolo. Las escaleras mecánicas que llevaban al anden sí funcionaban en esta ocasión y ella no pudo reprimir una sonrisa sarcástica antes de volver a sumirse en la lectura. Príncipes, princesas, dragones, elfos, enanos… amores imposibles… Su vida giraba en torno a ellos, aunque hubiese preferido que alguno de esos apuestos y valerosos príncipes que plagaban las hojas de los libros que devoraba se dignase a salir del mundo de fantasía en el que se encontraba y acudiese a su encuentro. Sonrió al pensar lo idiota que sonaba eso y, despistada por los pensamientos, no pudo evitar chocarse de frente con alguien. El libro cayó al suelo y ella se agachó rápidamente para recuperarlo, pero alguien se había adelantado y sus manos se encontraron unos segundos antes que sus ojos.
Lo primero que pensó ella fue que aquellos ojos se merecían un libro completo para ellos. Grandes, almendrados y de un hermoso color verdoso, parecían sonreír y te invitaban a compartir la sonrisa.
-    Perdona, estaba despistada…
-    No te preocupes, yo tampoco miraba mucho por dónde iba. – contestó el chico de los ojos bonitos, sonriéndola con unos labios más bonitos si cabe. – Veo que eres una adicta.
-    ¿Perdón? – no podía pensar con claridad y se sentía sumamente estúpida mientras miraba a aquel chico que, por casualidades de la vida, se había estrellado con ella justo cuando estaba pensando en lo emocionante que sería que uno de los príncipes de sus libros acudiese a su encuentro.
-    La lectura. – explicó él al mismo tiempo que alzaba un libro ante  ella. – Yo también estaba enfrascado en el libro. – sonrió de nuevo y ella no pudo evitar reír ante la coincidencia. – Me llamo David, por cierto.
-    Mara. – susurró ella mientras le tendía la mano y enrojecía ante el tacto de la de él. – Encantada de conocerte.
-    Igualmente.
Fueron unos segundos, pero a Mara le parecieron horas. El trajín de la gente a su alrededor desapareció mientras ellos se daban la mano, dos extraños que habían chocado por casualidad en el andén 8 de la estación de Atocha mientras ambos caminaban absortos en sus respectivos libros. No pudieron reprimir una sonrisa cómplice antes de separar las manos y separarse ellos mismos. No hubo cambio de teléfonos, ni de Facebook o Tuenti… porque sabían que en algún momento sus caminos volverían a cruzarse o quizás nunca volviesen a verse, pero ese momento, esos instantes mágicos, quedarían guardados en su memoria durante el resto de sus vidas.



miércoles, 8 de febrero de 2012

Enone

Después de una ausencia larga, hoy, inspirada por el relato de Bea Magaña en De dragones y unicornios , me he puesto a dar forma a una idea que ya llevaba un  tiempo rondándome la cabeza.
Supongo que muchos o casi todos los que pasáis por este rincón, sabéis que mi nombre de guerra es Enone. La gente suele preguntarme por él y, dado que tiene una historia bonita, me gusta contarla...y así llegó esta idea. Pensé que podría ser una gran idea escribir un relato sobre Enone para darla a conocer en el mundo y aquí está el primer boceto, que supongo cambiará a lo largo del tiempo.
Antes de nada, para aquellos que sepan de mitología, en este relato me he tomado licencias como la de conceder a Enone una serie de dones que en realidad no tenía. Perdonadme, pero consideradlo un recurso literario sin mayor importancia.
Y , si después de leer esto os entra curiosidad, siempre podéis hojear las Heroidas de Ovidio, donde encontraréis una carta hermosa de Enone a Paris.
Muchas gracias por todo y disfrutad con la lectura.


© Tamara Díaz
(Reservados todos los derechos)

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Las nubes sobre su cabeza, el sol luchando por atravesarlas y los pájaros piando entre los árboles. Ese era su mundo. Ella había nacido libre, como todos los animales que habitaban el bosque, y nunca había querido nada más que la pacífica armonía de su verdoso hogar. El monte Ida, tan hermoso en el verano, tan amenazante en invierno, se erigía como vigilante de las tierras y proveedor de la vida de los hombres que la habitaban.
Ella los había visto antes, cuando se adentraban en los bosques para cazar o surtirse de árboles para construir aquellas monstruosas construcciones que luego echaban al mar o al río. Eran personajes extraños y ella siempre se escondía de ellos; no porque los temiese, sino porque desconfiaba de sus rostros curtidos por el sol y de sus manos rudas por el trabajo. Les gustaba matar, le habían dicho algunas de las ninfas entre risas susurradas y miradas de deseo. Ella odiaba matar, ¿por qué a alguien habría de gustarle dar muerte a sus semejantes? Era una locura.
- ¡Enone! Mi dulce Enone, dueña de mi corazón y de mis sueños, ¿dónde estás, dulce mía? - entonó una voz masculina que se acercaba entre los árboles.
- Los dioses te han hecho sumamente escandaloso, pastor. - respondió ella al ver al joven de cabellos rubios que se aproximaba con una radiante sonrisa. - Dime, ¿qué querías de mí para buscarme con tanto ahínco en estos parajes?
- Mi bella Enone, hoy he vivido una experiencia única. - el joven sonreía mientras se dejaba caer sobre un lecho de hierba donde la joven estaba sentada. - Hoy he conocido a los dioses, mi bellísima ninfa.
- Pero...¿qué insensateces dices, Paris? -la joven abrió sus hermosos ojos verdes al tiempo que su rostro, de una blancura deslumbrante, perdía su color natural.
- Amor mío, no te preocupes. - la tranquilizó él mientras pasaba sobre los fríos hombros de la muchacha uno de sus brazos dorados por el sol. - Me ha convocado el mismísimo Zeus para que le ayudase en una pequeña disputa...
- Estás completamente loco. - susurró ella escondiendo el rostro entre sus manos. - ¿Qué has hecho, Paris?
- Verás, sólo he tenido que dar mi opinión sobre quién es la diosa más hermosa del Olimpo. - el joven sonrió al recordar las tres bellezas a las que había tenido que juzgar, aunque el cuerpo tembloroso de la ninfa le hizo apresurarse. - Hera, Atenea y Afrodita deseaban saber quién era la más hermosa; y yo escogí.
- ¡Por los dioses! - sollozó ella volviendo a mirar el rostro aniñado de su amado. - Paris, esa elección era un suicidio. - la muchacha le miraba con los ojos inundados por las lágrimas. - Fuese cual fuese tu elección, saldrías perdiendo, ¿acaso no lo ves?
- Enone, no seas melodramática. - suspiró él atrayéndola y abrazándola con cariño. - Fue un simple concurso de belleza...
- ¿A quién escogiste, Paris? - su voz era tensa y el joven sintió un escalofrío al notar la orden que aquella pregunta encerraba.
- Afrodita resultó ser la más hermosa. - susurró el muchacho llevándose un mano al pelo para apartar los rizos que caían sobre su frente y se pegaban a la piel con el sudor.
- ¿Qué te ofreció a cambio? - preguntó la joven, apartándose del abrazo protector para poder mirarlo a los ojos.
- A la mujer más hermosa del mundo. - respondió él, orgulloso, con una sonrisa juguetona en sus labios carnosos. - Pero eso ya me lo había concedido antes, ¿no crees?
- Paris, nos has condenado, amor mío. - musitó ella mientras las lágrimas se escapaban de sus ojos verdosos y corrían desbocadas por sus mejillas lechosas.
El joven miró con horror cómo la muchacha se levantaba y abandonaba su asiento junto a él. Sabía qué iba a ocurrir cuando vio los ojos de Enone brillar en la penumbra del bosque, pero aun así se sorprendió cuando la ninfa desapareció ante sus ojos, dejando únicamente una lágrima que cayo delicadamente sobre la mejilla del muchacho.

¿Cuánto tiempo habría pasado desde entonces? Enone no lo recordaba. Su pastor, su muchacho alegre y jovial, amante de los bosques y las montañas, había sido convocado por los reyes de la gran ciudad. Troya, le habían dicho sus hermanas. Paris no volvió a visitar a su Enone. Los recuerdos de su amor permanecían como sombras en los parajes que recorrieron juntos y en la casa donde habitaron; el olor del joven muchacho seguía impregnando las hojas que les sirvieron un día de lecho matrimonial y que, ahora, yacían desordenadas en el suelo terroso. No quedaban más que fantasmas de una felicidad que los dioses habían empañado.
Enone vagaba por los bosques y los valles, esperando que un día pudiese volver a ver a Paris. Fue entonces cuando tomó la afición de espiar a los humanos que habitaban los valles, y conoció la gran ciudad de Troya, donde mucha gente entraba y poca salía...como su Paris. Las murallas blancas de la ciudad le resultaron hermosas, aunque intimidatorias, y ella, salvaje como era, se preguntaba por qué alguien querría vivir encerrado tras esas gigantescas montañas de piedra cuando tenían tan cerca la amorosa protección de los bosques donde ella habitaba.
Así, observando y esperando a su amado, Enone aprendió lo que sus hermanas ya habían aprendido antes. Conoció el oro, las joyas, los barcos...Sonrió viendo a los hombres domar sus caballos y a los niños jugando con sus espadas de madera. Aprendió a apreciar la vida de los humanos y eso la llevó a convertirse en la sanadora de aquellas gentes: si alguien estaba demasiado enfermo, acudían a la bella Enone con una ofrenda de miel y leche.
Un día de verano, cuando el sol aún no había bañado con sus rayos los fértiles campos y los hombres todavía se encontraban guarecidos en sus hogares, Enone, siempre vigilante, vio salir de las grandes murallas una comitiva. Jóvenes gallardos y hermosos como su Paris, montados sobre hermosos caballos de distintos colores, avanzaban por el camino que llevaba a la costa. La ninfa corrió entre los árboles, saltó brechas y escaló las rocas que se interponían; con el cuerpo plagado de heridas y el pelo castaño alborotado por el aire, Enone llegó a uno de los precipicios que daban al mar. Allí, sobre el agua oscura, descansaba una de las grandes naves que aquellos humanos se afanaban tanto en construir. Enone sintió cómo la sangre se le helaba en las venas al ver a su Paris abriendo la marcha, ya no vestido como el humilde pastor que ella había amado y conocido, sino engalanado con prendas dignas de un rey o de un dios " De un dios", pensó ella y notó una lágrima deslizarse sobre su mejilla.
Gritó su nombre con la esperanza de que él la oyese. Por un momento el corazón de la muchacha se paró al ver cómo Paris volvía su rostro hacia ella, pero pronto sus ilusiones fueron aplastadas al ver a su amado sonriendo a una jovencita que descansaba sobre la fina arena de la playa. Enone sintió su corazón romperse en mil pedazos al ver que Paris parecía haberla olvidado, ni siquiera se había molestado en buscarla a ella, que le había amado siendo un pastor sin nombre y que le había esperado durante años. Un grito desesperado rasgó su garganta y atravesó el aire, llegando a oídos de los marinos que, con el  rostro surcado por las arrugas de quien pasa demasiado tiempo a la intemperie, avisaron a los príncipes de que aquello era un mal augurio y que debían retrasar el viaje; pero Paris y su séquito se negaron a retrasar el ansiado viaje.
Enone, destrozada, observó cómo el barco desaparecía en el horizonte. El sol se puso y la noche la arropó mientras ella lloraba y, en señal de luto, se agarraba el pelo y se arañaba el pecho. Lloraba porque había perdido a Paris, y lloraba porque él iba a traer la desgracia a todos aquellos hombres.
Nunca más volvió a mezclarse con los humanos, rehusaba sus ofrendas y se refugiaba, como un animal herido, en la choza que había compartido con Paris cuando él la amaba.
Pasaron los días, los meses y los años, aunque ella no notaba el paso del tiempo, tan sumida como estaba en su desgracia. Sin embargo, una mañana, desde su guarida, la muchacha escuchó a sus hermanas hablar de una hermosísima joven traída desde las lejanas tierras de la Hélade por el joven príncipe Paris. Enone, al oír el nombre de su amado, corrió a reunirse con sus jóvenes hermanas que, al verla, la miraron con sorpresa.
-    ¿Al fin has decidido salir, Enone? – preguntó Ea, una joven ninfa de grandes ojos azules y brillante pelo negro.
-    Querida, pensamos que ibas a dejarte morir en esa sucia choza…
-    ¿Paris ha regresado? – preguntó Enone con los ojos fijos en los rostros de las ninfas.
-    ¡Oh, querida! – contestó otra de ellas, acercándose y abrazándola con cariño. – Enamorarse de un humano sólo trae desgracias. Son seres efímeros, no como nosotras; ellos envejecen y mueren…
-    ¿Ha regresado? – insistió ella, deshaciéndose del abrazo de su hermana. – Por favor, Enia, tú sabes cómo me siento, tú también te has sentido así…
-    Sí, ha regresado. – respondió Enia con los ojos nublados por las lágrimas. – Pero, Enone, debes olvidarte de él.
-    ¿Por qué habría de hacerlo? – su voz sonaba más aguda de lo normal y su corazón palpitaba con fuerza como si quisiese escapar para reunirse con su otra mitad. – Quizás él haya recordado…
-    Se ha casado con otra, Enone. – fue Enia la que cortó sus esperanzas y puso fin a sus sueños, tenía que ser ella porque era la única que había vivido lo mismo y sabía que, de no hacerlo así, Enone se consumiría sin remedio. – Trajo a una mujer muy hermosa, dicen que hija del mismísimo Zeus.
-    ¡Malditos sean los dioses! – sollozó ella llevándose las manos a la cara para ocultar sus lágrimas. – Ellos, ellos son los causantes de mi desgracia y de la de Troya. – sus ojos brillaron antes de que la joven se desvaneciese ante el asombro de sus hermanas.

La ciudad de Troya estaba de enhorabuena. Su joven príncipe había vuelto de sus viajes con una hermosa mujer con la que iba a contraer matrimonio según los sagrados ritos de la ciudad y los antepasados. Las calles se habían adornado con telas de llamativos colores y olorosas flores traídas desde los bosques cercanos; la plaza del mercado albergaba a cientos de campesinos que habían acudido a la ciudad para ver la boda del príncipe y de la extraña forastera de cabellos dorados como el sol y ojos del color del agua clara de los estanques.
Enone caminaba con gesto serio por entre la multitud, sin hacer caso a las miradas sorprendidas de los hombres al ver su cuerpo medio desnudo. Caminaba con la seguridad de quien conoce el camino, a pesar de que jamás había pisado las calles arenosas de la ciudad, y con la mirada fija en lo que iba a hacer. Entrar al palacio no resultó complicado para ella y pronto se detuvo ante la puerta cerrada del que había sido su amante y marido; un simple toque de su mano hizo que las pesadas puertas se abriesen y dejasen descubiertos a los dos amantes.
-    Enone…
-    Tú, Paris, tú me traicionaste igual que has traicionado a los tuyos. – la voz de Enone era fría y dura, sus ojos estaban fijos en el rostro de Paris. – Me prometiste un amor eterno y no lo cumpliste, pastor. Ahora yo, Enone, te libero de nuestra promesa de amor para que puedas entregar tus falsas palabras a la que más gustes. – su mirada se desvió para clavarla en el rostro de impecable belleza de la mujer que estaba junto a Paris. – Tú, muchacha, más te valdría arrojarte ante una manada de leonas hambrientas antes que entregarle tu corazón a este hombre sin honor.
-    ¡Por los dioses! Estás asustándola, Enone. – protestó Paris, intentando salir del lecho sin que resultase demasiado vergonzoso para ambos.
-    Y tú, joven, ya te dije en su día que intervenir en los asuntos divinos sólo te acarrearía problemas y desgracias. – informó ella con una sonrisa maliciosa en sus labios rojizos. – Has robado a un hombre algo que era suyo, Paris, y por esa pasión enloquecida el valle de Troya se regará con la sangre de sus habitantes y la ciudad arderá bajo la fuego enemigo. – al ver el rostro del joven empalidecer, la muchacha sonrió con satisfacción. – Entonces, queridísimo mío, te acordarás de tu Enone y sus cuidados, herido de muerte, escúchame bien, acudirás al que fue nuestro hogar, pero allí no encontrarás más que el frío fantasma de lo que un día fue nuestro amor.
-    No seas melodramática, Enone. – protestó el muchacho clavando en ella sus ojos azules. – Sé que estás molesta, pero esto es lo que los dioses han designado para mí. – continuó señalando a la muchacha que, con la confusión pintada en el rostro, observaba el extraño encuentro. – Helena es la mujer que Afrodita me prometió y…
-    Sigues siendo un pastor ingenuo, Paris, por mucho que te vistas como un príncipe. – suspiró ella y, con un gesto de la mano, se desvaneció dejando a los dos amantes en un silencio incómodo.

Los griegos, amigos del esposo de Helena, la mujer a la que Paris había tomado como esposa, llegaron a los pocos años. Cientos de barcos gigantescos se afilaron en la costa troyana y miles de hombres, armados y preparados para la lucha, desembarcaron y se instalaron en las tiernas arenas.
La muerte pronto se extendió por el próspero reino de Príamo y, tal y como Enone había predicho, la sangre regó los fértiles campos. La ninfa lo observaba todo escondida entre los bosques o tras las piedras. Lloró con cada muerte y rezó para que las divinidades infernales les acogiesen con cariño, mientras la ciudad caída presa de los engaños y la guerra.
Troya luchó con fiereza, resistió los embates enemigos y demostró ser una ciudad inexpugnable; pero los griegos eran pacientes e incesantes en sus ataques, así como inteligentes, y la ciudad terminó abriéndose para ellos.
Una noche, mientras el humo de la ciudad subía hasta el cielo dibujando lúgubres dibujos, Enone vio la sombra de un hombre herido caminar hacia el bosque. Sabía quién era y lo que quería. Su corazón aún sangraba al recordar la traición de Paris y su alma anhelaba la venganza contra el joven, así que, cuando el muchacho cayó desvanecido sobre la arena, ella le recogió y le condujo hasta la choza que habían compartido. Humedeció sus labios con agua fresca y esperó a que despertara, sudoroso y tembloroso por la fiebre.
-    Enone, mi querida y amada Enone. – susurró él con una débil sonrisa dibujada en sus labios resquebrajados. – Tenías razón en todo, cariño, debí hacerte caso cuando aún podía…
-    Te mueres, Paris. – musitó ella intentando que el aspecto frágil del joven no le influyera.
-    Pero tú puedes salvarme, ¿verdad, Enone? – sus ojos azules, oscurecidos ya por la cercanía de la muerte, se clavaron en los de ella en una muda súplica. – Lo siento mucho, Enone, siento de veras todo lo que te hice sufrir…
-    Ya no hay tiempo para disculpas, querido. – contestó ella, poniéndole uno de sus dedos sobre los labios para indicarle que guardase silencio. – Yo te perdono, Paris, y te deseo una vida próspera en el otro lado.
-    Pero…¡debes salvarme! – suplicó él intentando levantarse.
-    No puedo hacer nada por ti. – explicó ella  con una sonrisa triste en el rostro. – Quería verte muerto, no lo niego, Paris, pero ahora me doy cuenta de que he sido una estúpida. Yo te perdono por todo lo que me has hecho, querido mío.
El rostro de Paris se relajó al oír esas palabras y sus ojos perdieron todo su brillo mientras el joven emitía su último suspiro. Enone, una vez estuvo segura de que el muchacho había muerto, dejó que las lágrimas que había estado conteniendo salieran de sus ojos y, con sorpresa, se dio cuenta de que había agarrado la mano del joven en sus últimos momentos. Tomo la mano inerte y se la llevó a los labios para darle un triste beso de despedida.

domingo, 22 de enero de 2012

El fantasma

Después de una larga ausencia, vuelvo y os dejo un relato diferente a los que normalmente suelo dejar. Espero que os guste y que disfrutéis leyéndolo.
Un saludo y feliz domingo!

© Tamara Díaz
(Reservados todos los derechos)


Un suspiro rompe la tranquilidad de la habitación. Se siente extrañamente vacía, pero satisfecha hasta límites insospechados. El sonido del tráfico nocturno de la ajetreada ciudad de Madrid la saca de su ensimismamiento y la recuerda que debe marcharse de ese lugar. Nota el olor de la sangre extendiéndose por el habitáculo y sonríe mientras sus ojos se posan en el cuerpo despatarrado sobre una carísima alfombra blanca, ahora teñida de un extraño color carmesí.  
La puerta de recia madera se abre sin oponer resistencia y ella, con sus largas piernas y su vestido corto que deja ver más carne de la necesaria, cruza el umbral con un gesto seguro y despreocupado. La cámara del pasillo se mueve al compás del taconeo que producen sus zapatos de tacón de aguja, ella mira al objetivo, sonríe y le guiña un ojo con actitud picarona. Sabe que nadie va a encontrarla si ella no quiere.
La llaman el fantasma, porque nadie la ha visto nunca, nadie recuerda haber visto a esa mujer extremadamente sexy, de pelo rubio platino y ojos azules en la escena del crimen. Una mujer que, desde luego, no pasaría inadvertida entre la gente. Las cámaras de seguridad sólo han conseguido grabar su salida de las diferentes escenas, nunca han grabado su entrada…como si de un fantasma se tratara. Ella sonríe de nuevo mientras sus dedos enguantados pulsan el botón del ascensor, ese botón que la conducirá a la salida de aquel piso de lujo de una de las calles más céntricas de la capital española.
La mujer estudia con detenimiento la cabina del ascensor en busca de alguna cámara de seguridad que pueda grabar su huida. Nada. Los ricos son demasiado confiados para ser tan paranoicos. Llenan sus casas de cámaras y medidas de seguridad de última generación, pero prefieren mantener una cierta intimidad en los lugares comunes. Estúpidos. La mujer se lleva la mano a la cabeza y, con cuidado, retira la peluca rubia que cubre su verdadero pelo; el pequeño bolso que colgaba tentador de su cadera se convierte en una bolsa amplia donde poder esconder el pelo de su otro yo. Con cuidado y tranquilidad se quita el guante color crema que cubre su mano derecha y, tras sujetarlo entre los muslos desnudos, se lleva la mano a los ojos para quitarse las lentillas de color azul celeste. Su vestido corto y sugerente cambia por un vestido largo, de aspecto formal y poco llamativo, que cubre y oculta sus curvas.
El ascensor se detiene y las puertas se abren. Una pareja de ancianos la saluda con amabilidad, y ella responde con una sonrisa sincera en sus labios. La explosiva mujer rubia de ojos azules ha desaparecido, sólo queda un muchacha de pelo castaño y grandes ojos verdosos que mira con inocencia y camina con inseguridad, calzando unas manoletinas negras y un gran bolso negro.
Nadie podrá encontrarla jamás. Ella sonríe cuando sale por la puerta del edificio, respira hondo el aire viciado de la ciudad y, con paso seguro, se dirige al metro más cercano. Nadie ha podido pararla aún, y ella sabe que nadie podrá, igual que lo saben aquellos que contratan sus servicios.