domingo, 30 de octubre de 2011

Para Bea, que siempre quiere más y para aquellos lectores que tan amablemente se han pasado por aquí y se han quedado con ganas de más. Feliz víspera de Halloween.
© Tamara Díaz
(Reservados todos los derechos)

La noche es deliciosa. La humedad sabe a gloria y la oscuridad trae consigo el despertar de un mundo que es totalmente diferente…más real, más tétrico, más macabro. Cuando la oscuridad comienza a cernirse sobre la vida de los humanos, nosotros salimos a la calle y comenzamos nuestro deambular obligado en busca de aquellos que servirán para alimentarnos.
Una vez al año, sólo una vez y durante un tiempo determinado, nos está permitido vagar con libertad por unas tierras que antes eran nuestras y que ahora pertenecen a una raza destructiva bajo las órdenes de un Dios restrictivo y cruel. Nosotros fuimos dioses y reyes. Poseímos todo lo que podéis ver ante vuestros ojos hasta que perdimos la guerra y con ella perdimos nuestro futuro. Castigados a vagar eternamente como fantasmas del pasado, ocultos a la visión de la raza imperfecta que nos sustituyó y que ahora sólo sirve para alimentarnos.
Hoy es esa noche y nadie estará a salvo de nuestra eterna hambruna. Por una noche, nosotros somos los lobos y vosotros, insignificantes humanos, sois nuestras víctimas.

Las figuras se arremolinan excitadas ante el círculo improvisado en el que se encuentran las víctimas. Jóvenes mujeres y hombres que observan con el rostro sumido en la penumbra, sin ver lo que pasa, sin saber lo que les espera…muertos en vida. El viento se desliza susurrante entre las ramas de los árboles, dejando caer gotas de agua que humedecen el rostro de los condenados  y toman la apariencia de lágrimas artificiales, como si el mismo Dios que les ha abandonado en esa noche quisiera demostrar su tristeza ante tan terrible destino.
Alguien se ríe al advertir tan irónica circunstancia y otros muchos acompañan su triste risa, mientras sus ojos llameantes rompen la oscuridad de la noche. Un búho ulula a lo lejos, un cuervo se posa furtivamente en una de las tumbas cercanas y lanza un lúgubre lamento que es acompañado, al instante, por un coro macabro procedente del bosque cercano.  Como si aquél canto fuese una señal, las figuras dejan caer las ropas que los envuelven y dejan que sus cuerpos desnudos se confundan en las tinieblas. La niebla, antes débil, comienza a espesarse y parece reptar por los cuerpos de aquellos seres; los condenados adquieren una palidez mortal mientras se ahogan en la niebla que comienza a envolver el paraje. Y ya sólo queda el silencio.
Una sombra rompe la atmósfera. Alguien, acurrucado tras una de las tumbas, observa aterrado la escena. Una joven. No tendrá más de veinte años. Entre sus manos lleva un cirio destinado a una de las tumbas que se encuentran en ese cementerio…una ofrenda silenciosa y secreta a un hombre  que amó, como otras muchas. Ahora, entre las sombras, observa los cuerpos desnudos, los rostros sin vida de los jóvenes apilados, la niebla susurrante… Se lleva una mano a la boca para evitar gritar de terror. Aquello no puede estar pasando. Su mente la urge a correr…alejarse de aquel lugar terrorífico y de aquellos locos manchados de sangre, pero otra parte de sí misma la obliga a permanecer allí. Mirando la escena e imaginando qué está pasando entre la niebla.
En algún momento el cirio cae de entre sus manos y el sonido de la cera al golpear la lápida resulta estridente. Se sobresalta y observa aterrada, esperando que alguno de esos seres aparezca de repente entre la niebla…pero no pasa nada. Suspira y, con el corazón latiendo aceleradamente, se dispone a huir de aquel lugar maldito. Se da la vuelta, notando todos sus músculos en tensión, sus pulmones luchando por respirar con tranquilidad y las piernas demasiado temblorosas como para correr. No puede moverse. Está aterrada y sus piernas se niegan a obedecer, así que se tumba sobre su estómago y repta por entre la hierba. Pasa entre las tumbas y los cirios proyectan sombras inquietantes a su alrededor.
La niebla hace difícil encontrar la salida y parece que siempre pase por delante de la misma tumba…hasta que ve la verja que indica el final de su tortura. El regreso a un mundo que conoce, un mundo en el que podrá encontrar cobijo. Sus piernas responden por fin y ella se levanta dispuesta a emprender una carrera desesperada hacia la libertad y la salvación. Sin embargo, algo la detiene. Una mano, porque ella sabe que es una mano, se ha posado sobre su hombro derecho. Su corazón se detiene mientras ella gira la cabeza para encontrarse con una mano pálida primero y un rostro hermoso después. Un joven de ojos atigrados la observa con una media sonrisa, tan incitante como inquietante.
-          Te estaba esperando, querida. – dice él y su voz es una melodía que la incita a abandonarse entre sus brazos, perderse en aquel cuerpo atlético y en aquellos ojos anaranjados que la observan en la oscuridad. – Ven conmigo, Lisa, ven y conocerás lo que sólo unos pocos tienen la fortuna de conocer.
Y ella nota su cuerpo abandonarse. Su mente grita desesperada, ruega a sus piernas que se muevan, suplica piedad…pero su cuerpo no hace caso. Nota una sonrisa extenderse por su rostro y la mano de aquel desconocido se cierra en torno a su muñeca derecha. La niebla está devorándola como a los otros y ella sólo puede lanzar un grito silencioso que no consigue salir al exterior y queda ahogado en su mente. El joven sonríe y la mira. Lisa quiere llorar pero tampoco puede, sólo es capaz de sentir su cuerpo alejándose de la salida e internándose en el cementerio, acercándose al círculo en el que los otros desaparecieron y en el que ella misma desaparecerá.

Si me preguntasen qué es lo que sentimos tras el sacrificio, podría decirte que algo semejante al calor, pero quizás estaría mintiendo. Es un frío que te quema por dentro, te hace sentir vivo y muerto al mismo tiempo…duele, pero es agradable. Todo nuestro cuerpo vive para ese instante breve pero eterno, pues seguirá en nuestra memoria durante un año, como una tortura perenne que nos obliga a recordar algo que no podremos probar.

Sí, les matamos a todos. No, no sentimos lástima de sus súplicas silenciosas. Los odiamos porque ellos son la causa de nuestra caída, ellos nos expulsaron de nuestro mundo y ayudaron a condenarnos. Su sangre resbalando por nuestros cuerpos desnudos es la experiencia más deliciosa que hayamos probado nunca.  No somos monstruos…nosotros actuamos según nuestra naturaleza, no ocultamos nuestra maldad. Los verdaderos monstruos son los humanos que ocultan esa maldad heredada de sus padres y fingen ser algo que en realidad no son.
Nuestros hijos. Hijos de la sangre, de la ira, del odio…eso es lo que son los humanos y en este día vuelven a ocupar el lugar que les corresponde. Sangre y barro.

3 comentarios:

  1. ¡Fantástico! Me ha encantado el final del relato, aunque siempre me quedo con ganas de más. ¡A ver si nos das detalles del sacrificio! ¡Y de qué pasa después! ¡Y de dónde vienen esos seres!
    ¡Un beso y feliz Haloween!

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  2. Mi querido espíritu afín, te agradezco la premura y la dedicatoria, ya sabes por qué no te dejé mi comentario anoche, pero viste que vien enseguida a leer el desenlace 8)
    Me ha encantado, desde luego, parece que England les está sentado de lujo a tus Musas; éste es el mejor relato que has escrito, en mi opinión, no sólo por la historia que cuentas, sino por el ritmo: es ágil, es directo, en ningún momento se hace pesado o largo, al contrario, si me dijeras que hay una tercera parte, vendría corriendo a leerla, entusiasmada.
    Mi parte favorita es el penúltimo párrafo. "...como una tortura perenne que nos obliga a recordar algo que no podremos probar". Nunca me he sentido tan identificada con una frase como con ésta.
    El mejor relato de Halloween que he leído estos días, querida Enone. Gracias por compartirlo.

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  3. Ahy que mal me lo hiciste pasar, cabrita. ¿Pero porqué tenía que caer ella también? Jo, llamame ilusa, pero por un momento crei que la criatura se había prendado de la joven y no la haría nada. Incluso llegué a pensar (fíjate tú) que era el difunto de su amante, que se había levantado sólo para salvarla. Prohibido reírte de mi. Un besazo, voy a seguir leyendote.

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