domingo, 30 de octubre de 2011

Noche de sacrificio

                                                                                        
 De su propio espanto murieron,
sin saber quién era aquel sobre cuya frente 
la hambruna había escrito Enemigo.
Lord Byron.

Las sombras de la noche habían cubierto el cielo y la tierra se encontraba sumida en la silenciosa calma que precede a las horas del sueño. La luna, oculta tras unos jirones grisáceos, solamente conseguía dar un aspecto aún más tétrico a aquella oscuridad manchada por las nubes tenuemente iluminadas que adquirían el aspecto de fantasmales telas rasgadas por la ira de algún ser invisible.  La temperatura nocturna no ayudaba a crear una atmósfera menos amenazante; la humedad parecía haber tomado vida y reptaba por el ambiente haciendo que una ligera neblina se levantara sobre el suelo verdoso y, al recibir el reflejo de la luz de las farolas, adquiría un extraño tono grisáceo que brillaba amenazante e inquietantemente seductor…invitándote a acercarte y perderte en aquella niebla que, aunque inofensiva al principio, pronto se volvería densa y te atraparía entre sus garras.
La calle estaba desierta y silenciosa. Sólo se oía el ladrido de algún perro lejano o el sonido de un televisor encendido en alguna de las salitas de estar que daban a la calle.  De todas formas, él, la figura que observaba la escena entre las sombras nocturnas mientras caminaba con paso seguro y silencioso, no se preocupaba de aquello. Sabía que esa noche nadie saldría a la calle. Nadie advertiría que alguien andaba deambulando por el tranquilo barrio residencial, ni que algo se estaba moviendo en las sombras.
La verja de hierro estaba oxidada y cubierta de musgo. Observó con una sonrisa torcida la iglesia que se levantaba ante sus ojos. Siempre le había parecido irónico que se reunieran en un lugar como aquél, levantado en honor del dios que les desterró y les obligó a vivir en un mundo cubierto de barro donde unos seres  que se creían civilizados luchaban por levantarse y dominar a los demás habitantes…  Estúpidos mortales, pensó y el viento hizo susurrar a los árboles cercanos como respuesta. Sin dejarse amilanar por el aspecto imponente de la vieja iglesia que ya sólo se usaba para oficiar la misa del domingo y algunas bodas para gente importante,  levantó el oxidado cerrojo que mantenía la puerta anclada en su sitio y entró en el camposanto acompañado del chirriante sonido de la verja al cerrarse.
El cementerio estaba iluminado con velas. Velas depositadas durante la tarde por las familias de los que allí reposaban, algunos lo hacían mediante una intrincada ceremonia que implicaba montones de lágrimas y falsas palabras; otros acudían allí en el silencio del atardecer a depositar una ofrenda que estaba cubierta de secretos y vergüenza. Le encantaba observar a aquellas personas desconocidas que acudían arropadas por la noche a las tumbas de un amante y fiel esposo que había sido más lo primero que lo segundo, porque ahí se demostraba el auténtico carácter de la raza humana. Sacudió la cabeza para sacar de su mente aquellos pensamientos que sólo servían para nublar su juicio y que hacían hervir su sangre, y continuó atravesando el cementerio zigzagueando entre las cruces de piedra cubiertas de musgo y hiedra.
Al fondo, donde las tumbas eran reemplazadas por árboles y la luz de las velas no lograba hacer nada contra la oscuridad, le esperaban. Esa noche era su noche. La única noche del año en el que eran libres de pasear por el mundo como lo que eran: dioses. Rostros hermosos le observaron en la oscuridad. Rostros hermosos cubiertos ya de la sangre de sus primeras víctimas. Porque aquella noche era la noche del sacrificio y ellos habían estado esperando durante un año entero entre las sombras, acechando a sus víctimas, conduciéndolas hacia aquel destino escrito por ellos… Y la noche siguiente se alzarían. Pasearían entre los estúpidos animales que eran aquellos humanos, todos disfrazados en honor a una fiesta que había perdido su significado, y se alimentarían de ellos como quien acude a un buffet libre. Sueños, miedos, ambiciones, felicidad…alimentos ansiados durante todo el año y que sólo podían obtener en la noche del 31 de Octubre, después de haberse bañado con la sangre de sus víctimas y haber dejado que el espíritu de los antiguos dioses penetrara en ellos de la manera en que solía hacerlo.

5 comentarios:

  1. ¡Es una pasada! ¡Me ha encantado! ¡Todavía tengo los pelos de punta! Y la manera en la que narras la situación te pone 100% en situación. ¡Se ve que cambiar de país te ha venido bien! ¡Se notan las excursiones de ayer y los sentimientos que afloran cuando te vas de casa! Aunque siempre me ha gustado lo que escribes el relato de hoy me ha encantado. Aunque me quedo con ganas de más, de saber qué es exactamente lo que hacen, quiénes son sus víctimas, cómo se aparecen y cómo se alimentan.
    ¡Un beso guapa!!!

    ResponderEliminar
  2. Gracias, Pat! Mañana colgaré la segunda parte, que seguro te aclarará algunas de esas dudas :P
    Un besote!

    ResponderEliminar
  3. aaaaaahhhhhh, ¿por qué no has colgado el relato entero? Esta vez ha sido muy corto!!!
    Te echaba de menos, espíritu afín 8)
    Y a tu prosa.
    Quiero la continuación YA.
    Besos, mi niña.
    Y Feliz Halloween.

    ResponderEliminar
  4. Me encanta Enone, se nota ese aire de Inglatera, ese aire que transmite esas fotos.... y las fechas en que estamos.
    Una cosa Enone, ten cuidado el dia 31 por la noche ¿eh?
    Solo por si acaso.... a ver si resulta que si que hat algo siniestro en esa Iglesia....

    ResponderEliminar
  5. Mi niñaaa! perdón por el retraso. Tiene razón Silvia, yo he visto las fotos esas que pones despues de tus maravillosos paseos, y este relato tiene ese halo de tenebrosidad que acompaña a esos bosques. Ni que decir que voy a seguir leyendó porque me encantó. Muak!!

    ResponderEliminar

Aquí puedes poner lo primero que se te pase por la cabeza...o...mejor, pon lo segundo!!!